CorrÃa el verano del año 1994. El que escribe estas lÃneas todavÃa era un crÃo, y aprovechaba sus vacaciones veraneando en cierta localidad de la Costa del Sol. Por aquel entonces, la Fórmula 1 parecÃa estar en boca de todo el mundo, como si de repente hubiese alcanzado un estatus de repercusión a escala Mundial. Claro, yo por aquel entonces no sabÃa lo que sucedió unos meses atrás, el 1 de mayo, concretamente.

Ajeno a todo, comencé a ver mis primeras carreras. Fue algo que consiguió captar toda mi atención y mi interés desde el primer momento, y cuando cayó en mis manos mi primera revista especializada (gracias, papá) la leà una, otra, y otra vez, devorando toda su información. Incluso a dÃa de hoy conservo vagos recuerdos de unas fotos de Spa-Francorchamps que ilustraban la edición de aquel mes... claro, ¡serÃa el siguiente Gran Premio! Yo aún no conocÃa bien a los actores de aquella obra, obra que habÃa comenzado a ver con varios capÃtulos de retraso... Pero está claro que, como en cualquier otro aspecto de nuestras vidas, a todos nos llama la atención algo (o sentimos más afinidad) por ciertas cosas en detrimento de otras, y en mi caso, decidà prestar mi apoyo a un piloto que llevaba un coche algo especial, algo que le diferenciaba de los demás: era el piloto con el coche número cero.
Evidentemente, si a mediados de los noventa eres un niño que elige animar a un piloto llamado Damon Hill, no tardas mucho tiempo en ser consciente de la existencia de otro llamado Michael Schumacher. Esos meses de verano disputé terribles luchas, corrà por circuitos memorables (Spa, Suzuka, Monza, Jerez...), conocà a otros muchos aliados y enemigos (Mansell, Alesi, Berger...), y al final, llegó la carrera de Adelaida, y su impactante desenlace... pero eso ya es otra historia.

La F1 desde el punto de vista de un aficionado de a pie. Asà he vivido y vivo a dÃa de hoy este deporte que me apasiona.
