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Museos de arte móvil

 
02/04/2012 16:13

Aún recuerdo la primera vez que vi un coche de Fórmula 1 cara a cara. Corría el año 1995 aproximadamente, y Michael Schumacher acababa de arrasar en el Mundial de aquel año con un coche muy superior al de sus rivales, y ante una oposición poco consistente de (por otra parte, mi piloto favorito) Damon Hill.

 

Cerca de mi casa existía un concesionario oficial de Renault, muy grande, con dos (o tres, no recuerdo bien) plantas dedicadas a exhibir sus modelos, amén de otras atracciones interesantes como un pequeño museo con una sala de vídeo, o un simulador de conducción bastante cutre y robotizado, ideado sin duda para vendernos alguno de sus modelos de calle. No obstante, también solían exponer varias joyas de la automoción para deleite de sus clientes, o simplemente curiosos del lugar (yo estoy en este último grupo).

Recuerdo, por ejemplo, el Renault Clio Williams que comercializaron con motivo de los mundiales de 1992 y 1993 obtenidos por Nigel Mansell y Alain Prost respectivamente, así como diversos modelos de rallies... Pero vamos con lo que a nosotros nos interesa. La joya de la corona de dicha exposición era, sin duda, el Benetton-Renault B195 campeón de la temporada de Fórmula 1 de 1995, y que tuvieron en exposición durante varios meses.

Benetton B195

Rebuscando entre los rincones más profundos de mi mente recuerdo imágenes bastante nítidas de dicho monoplaza: situado sobre una plataforma metálica, rodeado por el típico cordón de grueso terciopelo que, implícitamente, nos evoca aquella escueta y archiconocida frase de 'no tocar'. Ya desde pequeño, siempre sentí esa sensación en mi interior de que toda prohibición implica provocación, y lo primero que pasó por mi mente y acabé realizando sin pensarlo dos veces fue (niños, no hagáis esto en casa) estirar mi brazo y palpar con mis propias manos el morro de aquel bólido.

Parecía de plástico. Muy frágil, pero a su vez, daba una sensación de gran resistencia. Tenía una marca roja en su parte límite, marca que siempre me recordó a una especie de sonrisa. Esto significaba que, de los dos B195 que corrieron aquella temporada, éste era el de Schumacher. Un coche hecho de un material preparado para superar con éxito pruebas de 'crash-test' brutales, y presumir a la vez de una ligereza envidiable. Lo siguiente que hice fue comprobar la dureza de los neumáticos, los cuales me parecieron enormes. Lo que más me llamó la atención fue su dibujo completamente liso. Completamente preparados para agarrarse al asfalto a 100º C y rendir como ningún otro.

Desde aquel día, cualquier evento en el que se expusiese algún monoplaza de Fórmula 1 era una visita obligada por mi parte. Cuando Pedro de la Rosa y Marc Gené hicieron sendos debuts en el Gran Circo, pude disfrutar otra vez de algunos de sus monoplazas, en particular, del Arrows A21 de Pedro (del cual quiero compartir una foto con vosotros, tomada por un servidor) o del Jaguar R2 (o R3, no lo sé exactamente) sobre el que más adelante también se sentaría dicho piloto, hasta llegar a los días del R25 y R26 de Fernando Alonso.

Arrows A21

La máxima expresión del automovilismo


Hace poco, con motivo de un ejercicio de una asignatura de las clases que curso actualmente, un profesor (a sabiendas de mi afición por este deporte) me preguntó que si un Fórmula 1 no tenía cuatro ruedas, como cualquier otro coche. Mi respuesta fue clara y contundente: "Un Fórmula 1 no es un coche. Es otra cosa".

Y efectivamente, es algo más. No está diseñado simplemente para ir de un punto A a un punto B. No está al alcance de cualquiera. Sencillamente, no puede conducirlo cualquiera, no todos estamos capacitados. Porque no se conduce, se pilota. No es una herramienta simple y llana. Lleva a sus espaldas el trabajo artesanal de todo un equipo humano, y es el fruto de muchas horas de esfuerzo en búsqueda de la perfección. Es, a su manera, arte sobre ruedas, y tiene un solo fin: ir lo mas rápido posible. Una obra en la que lo útil y lo bello se dan la mano.

 
Artículo de Javier Alix
 

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