Aún recuerdo la primera vez que vi un coche de Fórmula 1 cara a cara. CorrÃa el año 1995 aproximadamente, y Michael Schumacher acababa de arrasar en el Mundial de aquel año con un coche muy superior al de sus rivales, y ante una oposición poco consistente de (por otra parte, mi piloto favorito) Damon Hill.

Cerca de mi casa existÃa un concesionario oficial de Renault, muy grande, con dos (o tres, no recuerdo bien) plantas dedicadas a exhibir sus modelos, amén de otras atracciones interesantes como un pequeño museo con una sala de vÃdeo, o un simulador de conducción bastante cutre y robotizado, ideado sin duda para vendernos alguno de sus modelos de calle. No obstante, también solÃan exponer varias joyas de la automoción para deleite de sus clientes, o simplemente curiosos del lugar (yo estoy en este último grupo).
Recuerdo, por ejemplo, el Renault Clio Williams que comercializaron con motivo de los mundiales de 1992 y 1993 obtenidos por Nigel Mansell y Alain Prost respectivamente, asà como diversos modelos de rallies... Pero vamos con lo que a nosotros nos interesa. La joya de la corona de dicha exposición era, sin duda, el Benetton-Renault B195 campeón de la temporada de Fórmula 1 de 1995, y que tuvieron en exposición durante varios meses.

Rebuscando entre los rincones más profundos de mi mente recuerdo imágenes bastante nÃtidas de dicho monoplaza: situado sobre una plataforma metálica, rodeado por el tÃpico cordón de grueso terciopelo que, implÃcitamente, nos evoca aquella escueta y archiconocida frase de 'no tocar'. Ya desde pequeño, siempre sentà esa sensación en mi interior de que
toda prohibición implica provocación, y lo primero que pasó por mi mente y acabé realizando sin pensarlo dos veces fue (niños, no hagáis esto en casa) estirar mi brazo y palpar con mis propias manos el morro de aquel bólido.
ParecÃa de plástico. Muy frágil, pero a su vez, daba una sensación de gran resistencia. TenÃa una marca roja en su parte lÃmite, marca que siempre me recordó a una especie de sonrisa. Esto significaba que, de los dos B195 que corrieron aquella temporada,
éste era el de Schumacher. Un coche hecho de un material preparado para superar con éxito pruebas de 'crash-test' brutales, y presumir a la vez de una ligereza envidiable. Lo siguiente que hice fue comprobar la dureza de los neumáticos, los cuales me parecieron enormes. Lo que más me llamó la atención fue su dibujo completamente liso. Completamente preparados para agarrarse al asfalto a 100º C y rendir como ningún otro.
Desde aquel dÃa, cualquier evento en el que se expusiese algún monoplaza de Fórmula 1 era una visita obligada por mi parte. Cuando
Pedro de la Rosa y
Marc Gené hicieron sendos debuts en el Gran Circo, pude disfrutar otra vez de algunos de sus monoplazas, en particular, del
Arrows A21 de Pedro (del cual quiero compartir una foto con vosotros, tomada por un servidor) o del Jaguar R2 (o R3, no lo sé exactamente) sobre el que más adelante también se sentarÃa dicho piloto, hasta llegar a los dÃas del R25 y R26 de
Fernando Alonso.
La máxima expresión del automovilismo
Hace poco, con motivo de un ejercicio de una asignatura de las clases que curso actualmente, un profesor (a sabiendas de mi afición por este deporte) me preguntó que si un Fórmula 1 no tenÃa cuatro ruedas, como cualquier otro coche. Mi respuesta fue clara y contundente:
"Un Fórmula 1 no es un coche. Es otra cosa".
Y efectivamente, es algo más. No está diseñado simplemente para ir de un punto A a un punto B. No está al alcance de cualquiera. Sencillamente, no puede conducirlo cualquiera, no todos estamos capacitados. Porque
no se conduce, se pilota. No es una herramienta simple y llana. Lleva a sus espaldas el trabajo artesanal de todo un equipo humano, y es el fruto de muchas horas de esfuerzo en búsqueda de la perfección. Es, a su manera,
arte sobre ruedas, y tiene un solo fin: ir lo mas rápido posible. Una obra en la que lo útil y lo bello se dan la mano.