Al terminar la carrera que habÃa dado el tricampeonato a Sebastian Vettel y dejado a Ferrari una vez más sin tÃtulo mundial, Felipe daba la vuelta al circuito que le llevarÃa al parque cerrado. HabÃa cruzado la meta tercero. Era el segundo podio de ese año, aunque este era especial por encontrarse en casa. Por la radio, escuchaba las cálidas felicitaciones de su ingeniero Rob Smedley, y desde las gradas, el público, en pie, aplaudÃa. Aunque siempre es mejor ser segundo o primero, Felipe estaba satisfecho. Tras tres años, iba a volver a subir al podio delante de los suyos.
Sin embargo, cuando bajó del coche y le condujeron hasta la zona de pesaje, lloraba como un niño. Esas lágrimas escondÃan mucho más que la emoción de estar en el podio, en su hogar, ante su público: eran el resultado de todas las dificultades vividas durante tres duros años.
Una afición difÃcil
La mayorÃa del público 'brasileiro', una afición pasional y entregada, no comprende los términos "segundo piloto" o "escudero". Tras 2010, la prensa atacó con saña a su propio piloto (algo a lo que no estamos nada acostumbrados en este paÃs), con duras crÃticas que fueron desde claras adjudicaciones del rol de segundón, hasta barbaridades del estilo
"menudo ejemplo le está dando a su hijo". Cuando este fin de semana se le preguntó por sus lágrimas, el piloto brasileño confesó que en ocasiones llegó a pensar si no serÃa ese su cometido: recibir. En medio de esa tormenta,
Felipe llegó a preguntárselo muchas veces:
¿era el momento de dejarlo? Por eso, cuando las dudas de su público se convirtieron en vÃtores, se derrumbó y lloró como un niño. Por su cabeza, entre los gritos de su querida 'torcida', estaban pasando todas las dificultades encontradas en el camino.
Cuando allá por 2009 supo que podrÃa volver a competir, Felipe se encontró con que ya nada era como antes. Con un compañero como
Fernando,
iba a ser casi imposible adquirir el rol que tuvo en 2008 y parte de 2009. La nueva normativa y el monopolio de otros equipos se unieron a la falta de evoluciones de
Ferrari. Fueron demasiados cambios para un Felipe que casi empezaba de nuevo. También hay que decir que el lugar donde está tampoco es el mejor de los lugares para pedirle a la gente otra oportunidad. Recuerdo que, hace tiempo, me dijeron que
estar en Ferrari no "ayuda" a sus pilotos. Y no puedo estar más de acuerdo. De puertas para afuera, es duro estar en un equipo como Ferrari, porque, como un equipo de fútbol estrella, Ferrari "no puede" perder una sola carrera sin ser cuestionado. Comparado constantemente con su compañero, metido en lÃos de forma activa y pasiva en la pista, la prensa y la afición eran territorio hostil.
Muchos opinamos que Felipe ha llevado en silencio el peso del accidente, y lo que más me convence es que el propio Felipe lo ha negado muchas veces. A la defensiva, se excusaba en una entrevista:
"¿Quién dice eso? ¿Dónde están?" Tuve ganas de levantar la mano tÃmidamente. Probablemente se le escapaba la fuerza por la boca porque lo sabÃa, sabÃa que no lo tenÃa nada fácil. En un mundo de tanta competitividad como la F1, admitir la derrota es como mostrarse débil ante tus rivales... y tu público. Si alguien del nivel de Felipe, un piloto acostumbrado a la presión, admite que se siente psicológicamente débil, probablemente sea como admitir que es la hora de dejarlo todo.
Lo que hizo fue callarse y aguantar el chaparrón con una sonrisa y sin perder la compostura cada vez que era cuestionado. Siguió adelante, aunque en la pista no era el de siempre, escudándose en unos neumáticos a los que no terminaba de hacerse.
¿Un márgen de recuperación?
El lado amable de Ferrari es que es como una gran familia, y quizá lo que han hecho con Felipe es comportarse como tal. Muchos me dicen que la F1 no perdona, ni espera a nadie, porque se mueve a una velocidad frenética y mueve millones. Pero
quizá esta F1 sà que ha esperado por Felipe. Al menos, creo que Ferrari sà que lo ha hecho. ¿Quién sabe si en realidad sà que necesitó la ayuda de un terapeuta, pero nunca lo proclamó a los cuatro vientos? ¿Quién sabe si no dedicó horas y horas en Maranello para volver a ser el de antes? Ya he dicho muchas veces que recuperarse de un accidente asà puede llegar a requerir dos años: quizá ese fue el margen, año arriba, año abajo, que le dio Ferrari. Curiosamente, con sus altibajos, como todo, Felipe ha ido de menos a más. Son meras eculubraciones, pero que en parte están motivadas por la lógica. La verdad probablemente no se sabrá nunca. Sólo la saben Felipe y su entorno. O quizás, sólo Felipe.
Tres duros años
La última vez que hablé del piloto brasileño dije que su valor estaba en las pequeñas cosas, y esas pequeñas cosas son las que, juntas, le han hecho grande a su manera. Una de ellas es su perseverancia. Tras preguntarse si no servirÃa solo para recibir, decidió pararse a pensar. Y recordó el camino emprendido, aquellas largas noches sólo en un garaje, a miles de kilómetros de su familia y obligado a ganar para poder seguir compitiendo; sus primeros puntos con Sauber; los ansiados podios con Ferrari; el mundial perdido por unos escasos segundos; la pequeña pausa en su carrera. Y siguió adelante.
Felipe ha aguantado una tormenta que ha durado tres temporadas sin cambiar su carácter, cercano y bromista, infantil e impulsivo en ocasiones. Pero como se suele decir, la procesión va por dentro. Y cuando se bajó del coche en Brasil, todo ello debió pasarle por la cabeza a una velocidad de vértigo.
Tras haberse perdido la mitad de 2009 por su grave accidente, Felipe volvió a la competición para ser segundo en Baréin y pasar desapercibido porque su compañero, en su estreno con Ferrari, habÃa ganado la carrera. Ahà empezó la anunciada (y, en parte, deseada) guerra, con una inesperada y atrevida entrada a boxes o una inoportuna órden de equipo justo un año después de su infierno en Hungaroring.
Que la prensa especule con tu asiento siempre añade presión, pero que especule todos los dÃas y lo haga con un piloto distinto cada vez de seguro es asfixiante. Desde 2010,
Felipe ha visto desfilar por su asiento a más de la mitad de la parrilla, y el paso del tiempo añadÃa más nombres, los cuales sonaban con cada vez más fuerza. Webber, Button, Rosberg, Hülkenberg, Kovalainen. Hasta Schumacher. Aunque Felipe no tuvo que esperar hasta estos años para ser sustituÃdo de forma virtual: ya en 2006, muchos estaban seguros de que su paso por Ferrari era efÃmero y el dúo de rojo para 2007 estarÃa formado por Schumacher y Raikkonen- un rumor que murió cuando el alemán anunció su retirada. En 2008, dos carreras seguidas sin puntuar volvieron a ponerlo en el punto de mira. Ese año consiguió callar a muchos de sus detractores, pero no volvió a dar ese tipo de respuesta a las crÃticas: la única que dio en 2011 fue ser el único piloto de Ferrari sin subirse al podio en 30 años. Y esa no sirvió para tranquilizar a los medios.
Ante estos números,
muy pocos conseguÃan entender cómo Ferrari le renovó para 2012 (aunque estuviera dicho desde 2010, ya se sabe lo poco cerrados que son los contratos de este deporte). Las respuestas iban desde la no disponibilidad de los candidatos hasta el popular "más vale malo conocido", pasando por los consabidos intereses económicos tan presentes en este deporte y que tan poco benefician a su imagen.
Durante 2011 ya vimos ramalazos del Felipe que habitaba entre nosotros antes de HungrÃa, pero a mitad de carrera, ese Felipe desaparecÃa, dormido dentro de un piloto fallón que se vio luchando por puntos cuando antes lo hacÃa por podios. En la mayorÃa de las carreras, se diluÃa como un azucarillo sin necesidad de la lluvia que tan poco le gusta. Sin embargo,
este año, muchas cosas han cambiado. A primera vista parece una locura decirlo, porque el de las espectaculares remontadas y podios inesperados dado el bajo rendimiento del coche era su compañero. Pero Felipe estaba más cerca, oliendo el podio en varias ocasiones. Y en las últimas tres carreras, ha habido momentos en que los dos pilotos parecÃan haberse intercambiado. Han vuelto las vueltas rápidas, los adelantamientos al lÃmite (brutal el adelantamiento a Bruno Senna en Singapur) y las fogosas reacciones tan poco británicas de Rob Smedley en el muro de boxes, henchido de orgullo. Y volvió la lucha por el podio, que en Japón se hizo realidad.
El esperado segundo cajón de Suzuka pareció ser el principio del fin: la distancia con Fernando disminuÃa a medida que crecÃa su ritmo, y en el momento más delicado del mundial ese ritmo era tal que,
"por el bien del equipo", tuvo que ser aplacado en forma de caja de cambios con el sello roto. Una semana después, la actuación del piloto en Brasil fue de las que se le recordaban en sus mejores años. Implacable con sus rivales, solo fue frenado en un par de ocasiones por sus neumáticos- y esta vez de verdad.
Lágrimas en el podio
El pasado domingo, en Brasil, volvió gran parte del respeto perdido tras varios años de bajo rendimiento. Un bajo rendimiento que no traÃa podios, y la falta de podios desembocaba en frustración... la cual se traducÃa en un bajo rendimiento. Un cÃrculo vicioso que parecÃa eterno, mareante. Un cÃrculo que, con un poco de suerte, abandonó de una vez en su última carrera cuando, al bajarse del coche en el parque cerrado, oyó los vÃtores del público, vio a su familia y mecánicos; a los suyos. Supo que, pese a las dificultades en el camino,
lo que hacÃa durante ocho meses al año era lo que más amaba. Y lloró.